Si no huele el peligro no tiene miedo
Brillante conclusión. Unos japoneses han puteado en pos del progreso científico a unos ratonzucos. Les han toqueteado en la nariz. Su olfato ha sido alterado y no pueden oler a gatos, zorros y otras cosas que, en condiciones normales, les harían huir despavoridos.
Para los japoneses, esto significa que el olfato está relacionado con la percepción del miedo. Es algo lógico, dentro de lo que cabe. Sin embargo, el miedo no deja de existir en los ratones. Simplemente no pueden percibir el peligro a través de su órgano sensitivo más desarrollado. Es como el caballo del picador. Tiene vendados los ojos. ¿Le molesta el sol? No. Simplemente, así no ve al toro. ¿Deja de tener miedo el caballo? No. Simplemente no es consciente del peligro.
No sentir el miedo no nos hace más intrépidos o más valientes. No nos hace superar el temor a la muerte. Nos convertirá, a lo sumo, en potenciales víctimas de aquello que tememos pero de lo que no podemos huir. Malditos japoneses. ¿Hacía falta putear a los ratones para llegar a esta conclusión?
A nivel práctico lo ideal sería que, pese a percibir el miedo, la reacción del ratón fuese la de liarse a hostias con el gato.

