Historia de una Ilusión, 24: "El caso Manolo"
Un relato de los Hnos. Martín Rodríguez-Barbero
Y Alfredo pasó sus primeros días como jugador del Cartagena. No fue presentado con grandes honores, pues llegaba, casi exclusivamente, para cubrir un hueco, el del sexto sub 23. No fue portada en ningún periódico, es más, algunos de sus allegados ni conocían que había cumplido su gran sueño. Pero, ¡qué importaba esto si Pasamontes se sentía, por primera vez, realmente feliz!
Al finalizar el entrenamiento, regresó al pueblo. Fue bajar del autobús y encontrarse con el rostro cabreado de Amparo, su madre. Se avecinaba una buena bronca: “he hablado con tus profesores y desde que estás entrenando, no vas a clase”, “es el último curso y tienes que dejarte los codos”…
Pasamontes escuchó con atención. Sabía que tenía razón, pero no estaba dispuesto a dejar escapar el tren que había esperado tanto tiempo. Caminó de regreso a casa con su madre para tranquilizarla. En medio del camino se encontraron con Dolores. Ésta les puso al corriente de la última historia de Vista Alegre.
El protagonista era Manolo, “el tuercas”. Se había hecho rico, pero comenzó de peón en un taller, de ahí el apodo que le acompañó hasta el final de sus días. Había fallecido quince días antes, pero aún estaba muy presente.
“El tuercas” era, para los ojos de todos, un buen ciudadano, fiel amigo y responsable padre de familia. Así pensaban de él hasta que se descubrió su gran secreto.
Rosa iba a sacar a la luz la doble vida que había mantenido Manolo con gran cuidado. Era la hija que sólo él sabía que existía. Ahora, muerto su acaudalado padre, quería su trozo de pastel y no paró hasta que el juez permitió que exhumaran el cadáver de “el tuercas”.
Antes de que fuera demasiado tarde, el mayor de los hijos de Manolo, intentó evitar que hubiera una mano más en el reparto. Una fría noche entró en el cementerio con un martillo y mucha avaricia. Su padre ya no descansaría más en ese nicho, mejor en su casa.
Tres días después de consumarse la profanación, en el barrio no se hablaba de otra cosa, hasta que una vecina llamó al ayuntamiento. De la casa del primogénito de “el tuercas” salía un hedor que, en esta ocasión, no provenía de las empresas de la zona.
En la casa olía a muerto, pero aún más a codicia.
