Banderas de nuestros padres
Al terminar la película y sucederse los títulos de crédito, sientes la irresistible necesidad de permanecer sentado en tu butaca. Se suceden imágenes reales de lo que en la ficción acabas de ver. Sientes un pequeño nudo en el estómago y te das cuenta de lo que acabas de ver no es una película bélica más, sino una historia que sucedió de verdad. Ver cómo la gente vaciaba la sala, mientras las fotografías de aquellos jóvenes desfilaban ante nuestros ojos, me produjo una sensación de repugnancia hacia mis semejantes. Me dieron ganas de gritarles: "Esos hombres están muertos, merecen nuestro respeto". Pero... ¿podrían entender lo que es el respeto, el homenaje, la honra pública personas que piensan que lo que acaban de ver es sólo una película?
Sencillamente conmovedora. No sé si lo habré dicho alguna que otra vez, pero me gustan las películas tras las cuales hay unos valores pasados de moda. Así, por ejemplo, Rob Roy, Bravehearth, Jack Bull (en España, Sin Piedad), Los intocables, Botón de Ancla y me hubiese gustado Alatriste si contase algo. Banderas de nuestros padres tiene de eso y mucho más.
La película de Eastwood te atrapa en el sillón. Si bien es cierto que hay mucho salto atrás y adelante que, a lo mejor, otros recursos narrativos hubieran resuelto.
La historia es como se conoce ahora: muy humana. Tres soldados, por el mero hecho de haber levantado un palo con una bandera se convierten en héroes populares. Tal consideración les convierte en una poderosa arma propagandística que ayudará a recaudar los fondos necesarios para conseguir la victoria final sobre Japón.
La película incide mucho en la creación de los símbolos, su significado y su necesidad para intentar comprender lo que en buena lógica parece incomprensible: el sacrificio de una vida en una guerra.
Probablemente la gente critique que a esos tres muchachos se les haya utilizado como monos de feria, pues a toro pasado, eso es lo que fueron en manos de los fontaneros del poder. Sin embargo, tampoco sería justo, desde nuestra perspectiva actual juzgar aquellos hechos, víctimas de sus circunstancias. Se tuvo que hacer y se hizo.
Aún así, la película nos muestra cómo se abusa de los símbolos, cómo se roza el ridículo, incluso. En definitiva, cómo, al final, la gente termina por desconocer lo que hay detrás del símbolo y se quede sólo con lo que este transmite: victoria. Y es que, como ya dije en Extrañas Falanges: "Una idea se plasma para un mejor entendimiento, pero lo que se plasma no es per se la idea." Lógicamente, todo ello se consigue con la actuación conjunta de gobierno y prensa. Los entes que para lograr su beneficio no dudan en enaltecer y defenestrar a quien sea. En EEUU, España o cualquier sitio.
Es también una película de frases muy bien puestas. De secuencias sencillas que te hacen pensar y con mensaje. Película también de compañerismo y amistad en las más duras circunstancias. En ese aspecto, Clint Eastwood, es donde pone la tilde a la hora de explicar el comportamiento heroico de los miles de jóvenes que dejaron su vida en Iwo Jima entre la arena, el sudor, la roca y el azufre. Esa es la explicación a ojos vista.
"Necesitamos entender" porqué esos chavales se enfrentaban a la muerte subiendo una roca llena de trampas y japoneses leales a su resistencia numantina (no sólo prehispania resiste). Como la patria o el honor no servirían hoy día para que la gente lo entendiese, se recurre al compañerismo y la amistad; algo nuevo y que, al menos, quizás no se comparta, pero se entienda. Sin embargo, en mi humilde opinión, no se conquista una roca mortal a mero golpe de compañerismo, ya que este es válido para la defensa, la protección y la supervivencia, pero para el sacrificio en vanguardia... complicado.
Momentos de la película que impactan y conmueven:
La frase que le expeta un herido leve a uno de los héroes (René Gangon): "Disfruta, chico, te olvidarán antes de Navidad".
La secuencia donde un postre con la forma de los marines izando la bandera en Iwo Jima es regada con sirope de fresa que, a cualquiera, le hubiera recordado a sangre. Si fue real ese hecho, que poco tacto y cabeza.
La de veces que se oye la palabra "Enfermero" y la de pocas que éste, Doc, puede acudir allí donde se le reclama.
La degeneración de Ira Hayes, de héroe a paria. Esta parte de la historia está magistralmente contada.
La madre del soldado muerto que no aparece en la foto, pero que sí había estado en el primer izado de la bandera. Su rostro y el de Doc al señalarle un "falso" hijo en la famosa foto marcan.
La muerte de Iggy, al que sin duda, cualquiera le coge cierto cariño.
La caída al mar de un hombre desde uno de los barcos que, a toda máquina, se dirigían al desembarco.
Todas las secuencias del desembarco. A excepción de las excesivamente movidas cámara en mano.
Todos y cada uno de los momentos en los que los tres héroes intentan "rebelarse" contra la dinámica en la que están inmersos.
La novia de René Gagnon, qué repelente, pero qué real.
La cruda explicación del responsable del tesoro del porqué de la campaña de propaganda. Convencido me he.
La necesidad de obtener el certificado de masturbación, que refleja el grado de inocencia de muchos de los soldados que lucharon hasta su muerte.
La renuncia del sargento a ser ascendido para poder acompañar a la muerte o a casa a sus hombres.
La foto de la familia tipo americana con un descarriado Ira Hayes que sujeta en su mano una minúscula bandera americana, único elemento que le relaciona entonces con la foto histórica.
Los motivos por los cuales se iza una segunda bandera, la de la foto famosa.
El discurso de René Gagnon en Times Square. Breve, sincero y efectista.
La melodía de no más de cinco notas que se repite a lo largo de toda la película y me martillea aún hoy.
Y sin duda, los títulos de crédito.
