Cuando son los nuestros los que matan
En este mundo donde la guerra aún existe, para aliviar a Gea de tanto peso humano, hay personas que lejos de las trincheras y el campo de batalla juzgan a quienes por un ideal, por un puñado de monedas o por vicio, se juegan la vida quitándosela a los demás.

El eterno conflicto de Oriente Próximo o Medio, según desde dónde se mire el mismo, ha puesto sobre la mesa una media docena más de muertos. Nada comparado con los que cada día caen en Iraq, ese lugar donde se van a quedar sin gente de tanto matarse entre ellos después de que alguien, sin pagar aún por ello (pero lo hará, sino ante la justicia, ante Dios y la Historia), desencadenara al ordenado bajo opresión pueblo iraquí.
Y de los muertos hoy hay algunos niños. En Palestina hay muchos niños. Ya se sabe eso de la guerra demográfica que los palestinos tienen ganada a los israelíes. Es normal que entre tanto niño y tanta bala con mala leche, alguna acabe yendo a dar a los infantes palestinos.
Lo curioso del hecho es que esta vez no han sido las todopoderosas tropas israelíes las que han enviado sus misiles cirujanos patosos a masacrar lechones; sino que han sido los propios palestinos quienes en sus disputas han acabado con las vidas de estos dos mozalbetes llamados Islam y Osama (y no es coña).
La reacción internacional habitual a la muerte de niños en Oriente Medio o Próximo es la del escándalo, la llevada de manos a la cabeza y el meneo asolado de la cabeza. Claro que eso sólo ocurre, y se acompaña de vídeos, fotos y fuerte seguimiento informativo si los asesinos son los israelíes. Como en este caso han sido los propios palestinos, y entre los propalestinos europeos aún no hay un enemigo dibujado que no sea Israel, pues claro, el asunto pasa con pena, mucha pena, pero sin gloria. Esos niños, esos dos niños llamados Islam y Osama no serán mártires de ninguna causa. ¿Y eso por qué? Porque en esta ocasión, quienes los han matado son los nuestros, los del pañuelo y el Kalashnikov.
