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Domingo, 19 de noviembre de 2006

Viaje al norte de Italia, 1

Free Image Hosting at www.ImageShack.us "El avión, la terminal, una máquina, una entrada, un albergue y un desayuno"

Con estos 24 años que Dios me ha hecho tener, servidor se cogió un avión de esos que vuelan, y con mucho miedo y cuatro amigos, emprendí vuelo hacia lo que se conoce como Italia.
Para evitar miedos a volar diré que el viaje fue plácido y carente de turbulencias, que mi estómago no sufrió nada ni al despegar ni al aterrizar y que el picado que hizo el piloto, para sabe Dios qué, no causó en mi un ligero pensamiento de final de los días.


Cuando aterrizamos en Milán-Malpensa, que es como el segundo aeropuerto de la ciudad, a unos 40-45 minutos de la misma, tuvimos que ir a recogerle. Tardamos algo en encontrarle debido a que llegamos a la terminal 2 ó 1 y él estaba en la otra terminal, por lo que, en compañía de una pareja de españoles algo más avispada, dimos con el autobús que, gratuitamente, nos llevaría hasta él.
¿Y quién es él? Que diría Perales. Pues él, o ella, era el coche que habíamos reservado en Hertz para desplazarnos por todo el norte de Italia. Tras dar con la oficina de Hertz, solventar los trámites esos del alquiler, nos dirigimos con una llave al aparcamiento. Y ahí estaba, como el más fiel de los perrillos, esperándonos en su plaza. Era un último modelo. Un pepino de la mecánica. Un portento técnico. Un milagro de la industria automovilística. Era él, o ella. Era “La Machina”. Un Fiat Panda 1.1 de color, oh Dios, qué color, “blue romantic”, es decir, azul romántico. Y quédense con este color, porque al final del viaje, o de esta película, tendrá un papel, no principal, pero sí relevante.
Si bien es cierto que habíamos reservado un Ford Fiesta 1.4 o similar, los ojuelos del Panda, a mí por lo menos, me conquistaron. Saber que tendría que recorrer el norte de Italia, embutido en esa hermosa lata de anchoas (las sardinas van algo más holgadas), me sobrecogía el alma, me estrechaba el corazón, y me predisponía para la aventura. Sólo quedaba llegar al albergue que se había reservado para pasar la primera noche.
Era ya tarde, la noche cerrada y las típicas farolas de luz naranja de toda ciudad que se precie de mal iluminada. Un peaje, un euro, bueno, veníamos preparados para ello.
Entrar en Milán no fue difícil. Entrar nunca ha sido difícil, salvo para los que lleven calcetines blancos o deportivas, pero esto era una ciudad y no una discoteca. Era y sigue siendo Milán, que en Italia, curiosamente lo llaman Milano, vayan a saber ustedes porqué.
La entrada a Milán, de noche, en un Fiat Panda y sin conocer la ciudad, que es lo que le ocurre al que viaja, fue, por decirlo de alguna manera: pintoresca. De primeras, tras la autostrada, o autopista, desembocamos a una especie de plaza, cruce, encrucijada del demonio donde un montón de luces rojas y verdes; así como otras de curiosa gama, impactaron en mis ojuelos, causándome tal confusión que cuando entré en eso que puede llamarse cruce lo único que deseé fue no acabar entrando en una dirección prohibida o en una cosa que parecía, eran, las vías de un tren. Pasado el susto, embocamos una calle, ancha, tipo avenida. A la izquierda las vías esas demoniacas, y a la derecha, oh, cielos, prostitución. No voy a entrar a describir detalles, pero la verdad es que no apetecía pararse en esa calle ancha tipo avenida a preguntar cómo llegar al albergue. Varias vueltas, confusiones y giros a derechas e izquierdas y topamos, es decir, encontramos el albergue. Para estupefacción de todos, había aparcamiento. Estacionamos y con algo de sueño nos dirigimos a las habitaciones.
Free Image Hosting at www.ImageShack.usLa habitación no era mixta; como Dios y las buenas costumbres mandan. Así que las féminas hubieron de irse a donde las féminas y los hombres, donde los hombres… En unas literas azul cobalto dormimos todos plácidamente, algunos más plácidamente que otros, esa primera noche en Milán.
A la mañana siguiente nos esperaba, además del desayuno, la ciudad de cómo, que es como el pueblo de Marco, pero en crecido y desarrollado, cosas de la evolución humana.
Sin duda, el desayuno en el albergue era generoso. Y a ello ayudaba el ser de los primeros en haberse levantado. Al margen de los panecillos y mermeladas, el zumito de máquina con regusto plástico y los cafés de Nestlé, si algo nos cautivó, fue la leche que salía de ese termo plateado. Estaba fresca, era, juraría, entera, coño. Era una leche de hombres, y su sabor, oh, mi madre, qué leche. No recuerdo en España haber probado una leche tan contundente y sabrosa. Varios lingotazos de ese líquido cayeron. Y con el estómago feliz por haber recibido semejante convite, el fresco de la mañana y La Machina esperando, emprendimos viaje a la ciudad de Como. Cómo se llegó será otra historia.
Y aquí acaba la primera entrega del viaje a Italia. Sé que otros, por no decir legión o mayoría hubieran ventilado esto, con cuatro líneas y un gato, pero servidor de ustedes tiene esta particular memoria y este gusto por deleitarse en los detalles que le es imposible acortar.

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