Nuestra Señora, la Virgen María de la Otra
Caminaba yo por la calle cuando un reportero, ante su cámara, comenzaba a hablar. Él estaba ante lo que parecía una Iglesia, y yo me detuve a escuchar lo que decía. La verdad que en esas condiciones, tal parecía que estuviese ante el televisor.
El periodista hablaba sobre la celebración de una ceremonia religiosa en honor de un sacerdote, ya fallecido, que había consagrado su vida a adorar a Nuestra Señora, la Virgen María de la Otra. El buen cura había establecido todo un ritual en torno a esa virgen que él mismo había encontrado y escondido de la represión republicana en aquellos grises tiempos de los 30.
El local, hoy iglesia, se lo había cedido al cura Alfonso XIII, cuya mujer había comenzado a ser muy devota de la Virgen de la Otra. Periódicamente, y a escondidas de los republicanos, los antiguos reyes visitaban el lugar donde estaba la Virgen.
Desde mi sitio, la verdad, que nunca antes había oído hablar de Nuestra Señora, la Virgen María de la Otra, pero yo lo estaba viendo con mis propios ojos. Al rey, la reina, al cura de cara bondadosa, a la misma Virgen con una túnica azul y una tela púrpura o fucsia, sobre los hombros con una delicada corona dorada sobre la cabeza.
La gente entraba y salía de la hoy Iglesia. El periodista seguía narrando aquello, que si he de ser sincero, era curioso, pero no muy "noticiable".
Entonces, el cura se me volvió, y desperté. Me levanté busqué en Internet la historia de la Virgen María de la Otra, y comprobé que todo había sido producto de una ensoñación. Curiosamente, rara es la vez en la que un sueño guarda tanta lógica y lo recuerdo con tanta intensidad. Por eso mismo he decidido plasmarlo, no sea que se me olvide. Y es que, aunque no lo creamos, mientras dormimos, vivimos.
