Relatos de un aspirante a Gentleman, "El personaje"
Un café, por favor. ¿Solo o con leche? La pregunta le hizo dudar, realmente no le importaba mucho. Le gustaba el café, pero no era un fanático de estos que sólo toman un tipo de café. ¿Solo o con leche? Eh, con leche, disculpa. Y anticipándose a una nueva pregunta, corto de leche, por favor. La sonrisa cómplice con la que lo acompañó fue respondida con una leve sonrisa por la camarera.
Deméter solía ir a esta cafetería. No lo suficiente como para ser un habitual, pero ya tenía el ojo echado a un buen par de sitios. Ahora mismo estaba sentado en la barra, justo al principio de la misma, apoyándose contra la pared y desde su sitio tenía una completa visión de quienes estaban en ella y de quiénes entraban y salían del local. No era un curioso empedernido, pero se sentía más cómodo así.
Estaba removiendo su café corto de leche cuando por la puerta una sombra familiar hacía su entrada. Era el personaje. Y le estaba esperando.
Llegaba, como era habitual en él, con una puntualidad un poco mal entendida. Sobrepasaban los cinco minutos de la hora acordada. Se disculpó ante Deméter que respondió con la mirada a la vez que con un gesto le preguntaba qué iba a tomar. La respuesta le dejó un poco descolocado, pero qué leches, ante quien estaba era un personaje, y ya debía empezar a acostumbrarse.
Eran las nueve de la mañana y mientras Deméter apuraba su café, su amigo tomaba la primera caña con limón del día. Se explicaba el personaje diciendo que desde que tuvo una mala experiencia con la cerveza normal sólo tomabas claras con limón.
Entre Deméter y el personaje había una buena amistad. Forjada en los peores años de la carrera, cuando ambos descubrieron que sus vidas no iban dirigidas por donde las de sus compañeros. Sino que apuntaban a mayores cotas o a sonados fracasos. Fuera lo que fuese, allí estarían los dos para afrontar el destino al que sus decisiones les encaminase.
La conversación entre Deméter y el personaje transcurría animada. Hacía unas semanas que no se veían y en esos primeros minutos de la mañana ponían el reloj de sus vidas en común.
La camarera, la chica que había estado la noche anterior estudiando y que lucía, pese a todo, un rostro fresco de una hermosura considerable, retiraba la taza de Deméter, mientras el personaje, con su particular sonrisa, acompañaba la acción de la camarera y miraba con doble significado a su amigo Deméter.
No, no, dijo Deméter mientras movía discretamente las manos. El personaje comprendió que la camarera no era el motivo por el cual había sido citado en esa cafetería, si bien es cierto, que no le hubiera importado que ese lo hubiera sido.
¿En qué andas metido, Deméter? La respuesta se hizo esperar un rato. Actualmente, en nada, sigo con mis cosas, gestionando la herencia de mi tío y la que en mal día recibí de mis padres. La verdad, prosiguió, que desde que dejé mi trabajo como consultor, soy mucho más feliz, pero echo de menos la rutina del trabajo diario. Sopesaba las palabras su compañero. Apuraba ya el último trago de su cerveza mientras indicaba a la camarera que le sirviera otra. Pues bueno, Deméter, yo, como bien supondrás, tampoco es que ande muy en labores del diario. Sabes bien que me marché de mi último trabajo dando un portazo, por eso de la dignidad y el apellido. Lo sé, fue muy comentado entre nosotros. La verdad que hiciste bien, en ocasiones hay que perder para ganar. Sobre trabajo te quería hablar, Salvador.
