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Jueves, 26 de octubre de 2006

Historia de una Ilusión, 20: "Nacho tristezas"

Un relato de los Hnos. Martín Rodríguez-Barbero

Fueron cuatro segundos los que transcurrieron entre que Alfredo llamara a la puerta y el directivo que había visto en el bar de su pueblo la abriera. Pasamontes la tocó levemente con sus nudillos. Lo hizo tan débilmente que habría jurado no haber escuchado el sonido, por lo que se dispuso a volver a llamar. Justo cuando ya tenía el brazo en alto, dispuesto esta vez sí a hacerse notar, se abrió la puerta. Alfredo quedó en muy mala postura. “Empezamos bien”, pensó…

- ¿Quieres algo, muchacho?

- Si, bueno, eh, me han dicho que andan buscando un menor de veintitrés años para completar el cupo de seis que pide la federación.

- ¿Conoces a alguien?

A Pasamontes le sorprendió que el directivo no se diera cuenta que hablaba de sí mismo. Eso le hizo sentirse algo inseguro, pero, después de unos interminables momentos, acertó a balbucear:

- En realidad… soy yo.

- Déjame tus datos y pásate por aquí mañana.

A su llegada a Vista Alegre, Pasamontes se encontró con Pepa, la vecina de sus abuelos. La despachó rápido con dos o tres cumplidos. Quería llegar pronto al instituto y compartir su felicidad con todos. “Cuídese Pepa, le veo más guapa que nunca”, dijo Alfredo casi sin pensar, fruto de la ilusión que transmitía.

Llegó y lo contó. Era un momento feliz para él, pero cuando se encontró con Nacho se dio cuenta que debía cambiar de registro al hablar con su joven amigo. El chaval lloraba, sin que se notara mucho, en un rincón del patio. El muchacho necesitaba encontrar a una persona con la que desahogarse. Se lo soltó de golpe.

A Nacho, un chico noble, le estaban haciendo la vida imposible unos cuantos compañeros, hijos de la sociedad actual. Le habían hecho toda clase de modernas humillaciones, una serie de torturas en toda regla. El director las había calificado como chiquilladas. Estas travesuras habían convertido a Nacho en un niño triste, apocado y miedoso. Alfredo se emocionó al escuchar a su amigo. Cuando sonó el timbre del recreo, un rayo de esperanza apareció en la vida del chaval. “Cuenta conmigo” le dijo Pasamontes al darle un abrazo.

Alfredo se pasó la clase siguiente pensando en aquellos bárbaros de metro y medio y acabó por convencerse de que ellos eran víctimas también. Nacidos en unas familias cuyos padres se han olvidado de su principal misión como tales: educar a sus hijos. La búsqueda de una vida acomodada es más importante para ellos que cuidar en lo que se van a convertir sus hijos. Delegan en abuelos, vecinos y en profesores sin autoridad que tienen bastante con salvar su propio pellejo en aulas salvajes. Todo ello en una sociedad en la que la llamada a la violencia llega de sus canales preferidos (internet, televisión). ¿Y el futuro? Todos mirando hacia otro lado y, mientras, Nacho llorando.

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