Relatos de un aspirante a Gentleman, "el regreso"
Cuando la vida nos lleva a determinados puertos surgen necesidades hasta entonces ocultas. Qué les puedo decir sobre mi discurrir vital y el de mi joven pupilo. Nos ha ido como les suele ir a las personas normales. A él lo dejábamos en el cementerio público y a mí, cobrando las últimas perras por las líneas escritas.
Salió del cementerio, le abrió la puerta del coche y con un hasta la próxima se despidió de ella. Había declinado la invitación de llevarle hasta la ciudad. Prefería ir andando y pensar. Pensar en sus cosas, que eran muchas.
Deseó con fuerzas que ella girase su rostro para volver a cruzar sus miradas, pero ella no lo hizo. Con ese desazón de los sueños rotos, dio un último vistazo a su rededor. Los paraguas comenzaban a abrirse a la vez que las primeras gotas comenzaban a caer de las grises nubes que en tan triste tarde se habían ido acumulando.
Adioses, hasta las próximas y deseos de encontrarse en otros actos menos protocolarios. Palabras de cartón.
Abrió el paraguas siguiendo con la mirada su mano izquierda deslizando el nudo de varillas hasta el tope metálico. Sonó el chasquido y pestañeó. Respiro hondo y comenzó a caminar rumbo a su casa.
El tamborileo de las gotas le acompañó todo el camino. Una vez en su portal, presionó el tope y acompañó al nudo de varillas hasta la empuñadura del paraguas.
Ya en casa abrió las persianas y ventanas. Llevaba un buen rato lloviendo y el olor a fresco y limpio le entusiasmaba. Quería que su hogar fuese lluvia y brisa.
Se cambió y se puso su batín. Era un batín modesto, de color grana y de textura cálida. De sobra sabía que esa prenda estaba fuera de toda lógica moderna; sin embargo, él la apreciaba. Le recordaba a su infancia, a su padre.
Sintió algo de hambre. Era un hambre caprichosa, de estas que te pueden asaltar en cualquier momento. Abrió la nevera, sacó la leche y se calentó una taza con un poco de café que había de la mañana. Nunca puso demasiados reparos en la calidad del café. No despreciaba aquel que ya tenía unas horas. Con su taza ya caliente y unas galletas, cogió por último una pieza de fruta, quizás un plátano, quizás una manzana.
El ritual del café y la fruta llegaba a su fin cuando sonó el teléfono. Era una antigua compañera del instituto. Curioso.
Colgado del teléfono ella le fue desgranando su vida. Sus estudios y vivencias en el extranjero. Él escuchaba atento. No podía dejar de pensar en lo mucho que le extrañaba la llamada. No la esperaba. Era un día normal, de un mes normal, de un año como cualquiera. Y ella le llamó.
Aún sorprendido por la conversación se sentó en el sofá; puso el noticiario. Un accidente de tren abría las noticias. Cómo no, ahí estaban ellos. Los muertos. Qué deleite y detalle de aquellas víctimas inocentes.
Era un día especialmente triste. Había muerto un amigo de su tío por el que había sentido cierto aprecio. Se había emocionado al oír la muerte no es el final y se había dado cuenta de que la sobrina del fallecido no buscaba en su mirada lo mismo que él en la suya.
Apagó el televisor. Volvió a tener esa impresión de inmensa soledad. Fue dejando oscuridad tras de sí y hasta su cuarto. Programó el reloj despertador y con la tranquilidad de los hombres de bien se dejó arropar por sí mismo abandonándose al mundo de los sueños.
