Historia de una Ilusión, 18: "Nos falta uno"
img border="0" src="http://img81.imageshack.us/img81/7126/barratr2.jpg" align="left" width="227" height="140"> Un relato de los Hnos. Martín Rodríguez-Barbero
Hay expresiones tan estúpidas que jamás deberían llegar a pronunciarse, tales como “no hay mal que por bien no venga”, “que sea lo que Dios quiera”, “lo bueno si breve dos veces bueno”... Alfredo había comprobado en una calurosa mañana del mes de agosto que aquello de “el dinero no da la felicidad” era una solemne tontería.
¿Quién inventó “el dinero no da la felicidad”? Quizá fuera el mismo que en un ejercicio de conformismo acuñó eso de “la mejor lotería es una buena economía”. O tal vez naciera de la imaginación de un ricachón que no supo hacer buen uso de sus abultados bolsillos. Alfredo Pasamontes no pronunciaría ninguna de estas expresiones. Fue rico solo unas horas y no le encontró inconveniente alguno. Esa es la verdad.
Y Pasamontes fue un potentado por un día. Su amigo Manu le había invitado días atrás a pasar el domingo en la casa de la playa que un mes antes habían comprado sus padres. La familia de Manu era la más acaudalada del pueblo de Vista Alegre. El padre, Don Isidro, tenía una empresa constructora y hacía unos años se había hecho íntimo del concejal de urbanismo. Ambos se dedicaron a llenar las calles del pueblo de mastodónticas torres de edificios. Don Isidro no era precisamente un lumbrera, tenía faltas de ortografía hasta al escribir su nombre, pero sabía lo bastante como para ser el más poderoso del lugar. La madre vivía porque “tiene que haber de todo en el mundo”, como decía el abuelo de Alfredo. Gastaba una desconcertante risa de boba que le dejaba en muy mal lugar. Pasaba cinco o seis horas a la semana en la oficina de la empresa para justificar la tarjeta de crédito que Don Isidro, muy gentilmente, le llenaba a principios de mes. Los hijos, por su parte, habían tenido una dura juventud al tener que decidir que deportivo les compraría papá cuando llegaran a la mayoría de edad. Crecieron angustiados ante la duda de elegir entre Armani, Loewe o Versace. Como diría Ricardo Arjona en una canción, “chicos de plástico”.
Aunque la compañía fuera sensiblemente mejorable, no se puede decir que Alfredo Pasamontes lo pasara mal en su primer día como rico. Tomó el sol desde el jardín, se relajó bañándose en la piscina, disfrutó de las vistas al mar desde el segundo piso del chalet y comió todo lo que quiso. Durante el almuerzo se dio cuenta de lo alejado que estaba su mundo del de la familia de Manu. Poco le faltó para dar con su cabeza en el plato, casi dormido y hastíado de escuchar marcas de ropa, supuestas bromas que no entendía, viajes por medio mundo, y a los dos hijos conjugar una única forma verbal: “yo quiero”, “yo quiero”…
De vuelta al pueblo, Alfredo fue al bar de la esquina de casa en busca de su padre para cenar. Se sorprendió al ver a un directivo del Cartagena hablando con otro tipo; “pues nos hace falta un jugador sub 23 aunque sea para rellenar las fichas”. Pasamontes abrió los ojos como platos y pensó para sí: “deja de buscar, yo seré el sexto sub 23”.
