Historia de una Ilusión, 17. "El banco del muerto"
Un relato de los Hnos. Martín Rodríguez-Barbero
Hay una clase de personas que tienen número de la suerte, color preferido, marca de pantalones idolatrada, hasta estación del año favorita. Seguramente sea una forma de poner algo de acción en sus vidas de color de rosa, tener que elegir entre algo, sentir que están en la encrucijada aunque sea por cosas tan banales. Alfredo no formaba parte de ese grupo de gente. Más bien al contrario. Después de dar una vuelta por el pueblo empezaba a desear que acabara la época del año deseada por mucha gente: el verano.
Hay una clase de personas que tienen número de la suerte, color preferido, marca de pantalones idolatrada, hasta estación del año favorita. Seguramente sea una forma de poner algo de acción en sus vidas de color de rosa, tener que elegir entre algo, sentir que están en la encrucijada aunque sea por cosas tan banales. Alfredo no formaba parte de ese grupo de gente. Más bien al contrario. Después de dar una vuelta por el pueblo empezaba a desear que acabara la época del año deseada por mucha gente: el verano.
Pasamontes comenzó a pensar en quien podría estar contento al llegar la estación en que respirar se hace más difícil. Imaginó que si él hubiera sido dueño de una casita en primera línea de playa de Malibú cuando Pamela vigilaba la playa y hacía el boca a boca a quien lo necesitaba, hubiera recibido la llegada del verano con fuegos artificiales. Sin embargo, no se imaginaba a Ramón Sampedro celebrar la llegada del calor. El verano no parecía ser por sí mismo ni bueno ni malo; todo dependía de si eras un ricachón de California o un tetrapléjico gallego.
Y aunque Alfredo no era ni rico ni tetrapléjico, nada más salir de casa encontró un motivo para odiar con todas sus fuerzas al verano. El pequeño pueblo de Pasamontes, Vista Alegre, está a medio camino entre la ciudad y las playas. Es por tanto, el lugar ideal para una de las prácticas más crueles y usuales del verano; el abandono de animales de compañía. Revólver lo cantó en una canción llamada “Odio” y no pudo tener más razón: “odio a la gente que tiene perro en invierno y en verano va a la calle porque sobra”. Alfredo notó el inicio de la operación salida cuando vio a un grupo de perros abandonados enfrente de su casa. En especial, se fijó en uno de ellos que se quedó con el hocico pegado a la puerta de su casa. El animal levantaba las orejas cuando sonaba el timbre, quizá esperando a que detrás de esa puerta, puede que parecida a la del piso de sus dueños, aparecieran sus antiguos amigos para volver a jugar con él. Alfredo volvió corriendo a casa, tenía pensado quedarse con él, le llamaría “Encontrado” como el perro de “La Caverna” de Saramago. Pero su madre le devolvió a la realidad, “no digas tonterías, contigo ya hay suficiente perro”.
A mediodía, Pasamontes cruzó la plaza camino de la heladería. Al pasar por el banco del muerto se quedó parado recordando el suceso más comentado en Vista Alegre el verano anterior. Un bochornoso día de agosto, Don Isidoro, el padre de la frutera de la plaza, se sentó en el último banco. Don Isidoro estaba hablando con Matías, su yerno, cuando éste le preguntó por cualquier cosa. Cansado de esperar la respuesta del anciano, Matías le tocó el hombro al tiempo que le decía “que te duermes, suegro”. Don Isidoro cayó con todo el peso de su cuerpo sobre el banco, se oyó un golpe seco al chocar su cabeza contra el reposamanos. Ésa fue su última respuesta. Al día siguiente, los diarios hablaban del anciano muerto en Vista Alegre por un golpe de calor. Ese banco sería conocido como el del muerto y ya nadie volvería a descansar en él.
Al llegar a la heladería, Alfredo reconoció a un grupo de compañeros del instituto. Entre ellos, reconoció a Joni, al que hacía tiempo que no veía por las aulas. Si querías encontrarlo, había que buscar por los aseos de las salas recreativas, los bares de trapicheo o en alguna nave abandonada del polígono. Este verano no estaba siendo el mejor para él. A principios de julio, había tomada una de esas pastillas que le hacían sentir invulnerable. En su moto, junto a él iba su hermano, al que mandó a las fueras del pueblo, a la parcela familiar del cementerio. Corrió tanto que no se dio cuenta que en la vida hay obstáculos que conviene evitar.
FOTO: Javier Marín, en www.retratando.com
