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Lunes, 07 de agosto de 2006

Historia de una ilusión, 16, "En la grada, siempre"

Un relato de los Hnos. Martín Rodríguez Barbero
Alfredo esperaba, en las gradas del estadio Cartagonova, junto a otros fervorosos y peculiares seguidores, la salida de los jugadores del Efesé para el primer entrenamiento de la temporada. Pasamontes pensó en Cartagena, llamada Carthago-Nova hace tres mil años. Se imaginó sentado en el anfiteatro, (que en la actualidad sigue esperando a que algún gobernante se acuerde de él), aguardando la salida de los admirados gladiadores, los jugadores de fútbol de hoy.

Entre tanto salían los futbolistas del Cartagena, Alfredo se dedicó a echar una ojeada a los que un caluroso día de julio, habían pensado que lo mejor que podían hacer era dar la bienvenida a las personas en las que habían depositado buena parte de sus ilusiones. Algunos de los compañeros de grada de Pasamontes tenían una historia tras de sí digna de ser contada.

Hay gente tan pobre que sólo tienen sueños y hambre. Esta frase se le podría aplicar a Ramón, sentado tres asientos a la izquierda de Alfredo. Para muchos, Ramón era el “gitano que va a los partidos del Promesas”. Iba a los partidos de los jóvenes porque esos son gratis y además te puedes sentar en tribuna, como un señor. Era un tipo de tez morena, cara sonriente, dientes escasos, aunque, cuando hay poco que comer, es irrelevante masticar sólo por un lado. Asistía a los partidos de los chavales con una radio en la mano, cantando al estilo del Carrusel los goles de la jornada. Quedó claro que Ramón tenía sueños y hambre. A ésta lograba burlarla algún que otro día. Pero aún seguía persiguiendo su gran deseo: poder ir a los partidos de pago del “Cartagena grande”, como él decía. Ya lo tenía planeado. Se compraría un abono no en tribuna sino en el palco, con los que mandan. Él se lo merecía.

Al lado de Ramón se sentó Pupas, encargado de material del equipo hacía unos años. Era un personaje carismático dentro del club por su aspecto y afabilidad. Parecía sacado de un cómic. De metro cincuenta escaso, escuálido, su cara era una pura caricatura. Tuvo la mala suerte de coincidir con un presidente tirano y sin escrúpulos que sólo pagaba su gomina. Si no cobraba el que metía los goles, cómo lo iba a hacer el que metía la ropa en la lavadora. Se fue del equipo y se vio abocado a la mendicidad. Desde entonces vivía de su pensión y de lo que sacaba los domingos como aparcacoches.

Junto a ellos, jubilados para los que se iban acabando las posibilidades de ver al equipo en segunda, trabajadores huidos de las oficinas y algunos jóvenes desocupados o en vacaciones como Alfredo. Todos diferentes entre sí pero iguales en algo: la ilusión y el amor por el Cartagena.

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