Historia de una ilusión, 14. "Ilusiones rotas" (basado en hechos reales)
Un relato de los Hnos. Martín Rodríguez-Barbero
El domingo puede ser para algunos el día elegido para cumplir con Dios, el día de descanso para espaldas y riñones sin derechos o el día en que el Cartagena se juegue el ascenso de categoría en noventa minutos. Por lo tanto, es el domingo el día más esperado y deseado por muchos. El domingo 11 de junio se quedaría grabado en la memoria de Alfredo Pasamontes para toda la vida.
Un día un profesor le dio una lección de vida a Pasamontes: “El que no vive pasiones no vive”. Para Alfredo la suya era el Cartagena. Uno puede cambiar de nombre, religión, ideología política, casa, coche, sexo, pero jamás perderá el amor por los colores de su equipo. Esa pasión por un equipo y un juego intranscendente para el bienestar de tus semejantes, sólo puede ser entendida por los portadores de ese sentimiento. Los demás te verán como un bicho raro, un tipo banal, embrutecido. Qué lástima, no entienden de pasiones…
El domingo 11 tendría lugar el partido de vuelta de la eliminatoria por el ascenso Cartagena – Vecindario. El partido de ida había acabado con empate a dos, por lo que el ganador se decidiría en Cartagena. Pasamontes se acercó al estadio con una hora de antelación. En el ambiente se respiraba muchísima confianza, quizás demasiada. Alfredo miraba a un sitio y otro, feliz por ver las gradas repletas de aficionados muchos años después.
El partido fue dominado de principio a fin por el Cartagena. A medida que los cartageneristas iban fallando ocasiones, se pasó de la alegría a la cautela, de ahí a la inquietud, de esta sensación a la preocupación, para pasar al horror con el gol canario al filo del descanso. En la segunda parte, nervios, tiro al larguero, penalti fallado y drama final.
Cuando el árbitro pitó, Pasamontes se quedó en su asiento, quieto, sin dar crédito a lo que estaba ocurriendo. En nueve meses hay mucho tiempo para llenar la mochila de ilusión, aunque nueve meses de ilusiones no son nada ante un segundo de desilusión. Es cruel, pero real al mismo tiempo.
Alfredo Pasamontes salió con la cabeza gacha y el ánimo por debajo de sus zapatillas. Su aspecto podría parecer ridículo a ojos de los demás, aunque no lo es tanto si conoces que acababa de esfumarse uno de sus grandes sueños. Al llegar a casa, su madre le dijo “no es para tanto”. Es obvio que ella nunca escuchó la frase de aquel entrenador inglés: “El fútbol no es cuestión de vida o muerte; es mucho más importante”.
