Historia de una Ilusión, 13. "El adiós del patriarca"
Un relato de los Hnos. Martín Rodríguez Barbero
Morir puede ser una gran faena. Para el dueño de Playboy, una vez alcanzada su maravillosa situación actual, el día en que venga a buscarle la parca tendrá motivos para enfrentarse a Dios, la Energía o el Destino. “¿Por qué quieres a este viejo, cuando podrías llevarte a un par de mis chicas?”, “tengo muchas, hay para ti y para mí”, podría decir.
Para el patriarca Raimundo Reyes, morirse fue una jugarreta sin nombre. El señor Reyes era un amigo de Don Andrés, el difunto abuelo de Pasamontes. Andaba esos días Raimundo muy ilusionado. Su equipo, el Cartagena, por fin estaba haciendo una buena temporada y comenzó a albergar esperanzas de que este año sería el del ascenso, veintitantos años después. Raimundo había sido compañero de grada de Don Andrés en el cemento del viejo Almarjal. Allí se habían dejado sus buenos duros, muchas ilusiones y parte de sus riñones.
Raimundo Reyes era el patriarca del clan de los “rascas”. Los llamaban así porque los gitanillos más jóvenes solían arremolinarse ante los visitantes desconocidos de su barrio, al tiempo que uno de ellos preguntaba a los demás, “primo, ¿le arrasco?”, “arrascále bien, primo”, solían responder.
La idiosincrasia gitana tan difícil de comprender por diversos aspectos debe ser objeto de alabanza por otros tantos. Para los gitanos, en contra de lo que ha ocurrido con los payos, el paso del tiempo no ha acabado con aquellas buenas costumbres que nunca deberían desaparecer. Mientras que para muchos de los payos, los mayores son un trasto viejo, cuando no un objeto de burla para los más jóvenes, los ancianos gitanos como el patriarca Reyes gozan del respeto y reconocimiento de toda su familia.
Es por todo esto por lo que la muerte aquella noche de Raimundo fue acogida con gran dolor en toda la comunidad, en especial, por los más jóvenes, que tenían en el patriarca su faro de guía. El señor Reyes era un reconocido cantaor flamenco. En su espectáculo tenían cabida varios de sus descendientes, ya fuera tocando las palmas, en los coros, con el cajón, la guitarra o bailando, pero todos tenían en el arte del patriarca su sustento económico. Entre lo que sacaban en las galas y la chatarra vivía el clan de los “rascas”. Quizás sea por la importancia de Raimundo en el seno de la familia por lo que en pleno velatorio, uno de sus nietos, “Taquito”, juró haber visto respirar a su abuelo. “Vive”, gritó.
Hicieron llamar al forense de guardia en Cartagena que les confirmó lo que se negaban a aceptar. Raimundo Reyes había sufrido un infarto que le había costado la vida la noche anterior mientras dormía. Aún así, la familia tardó cuarenta y ocho horas más en enterrarlo. El gran Raimundo Reyes murió mientras dormía. Cuando se despertó, ya estaba muerto.
