Historia de una Ilusión, 12. "Perder o perder"
Un relato de los Hnos. Martín Rodríguez-Barbero
En Vista Alegre eran frecuentes los partidos de fútbol entre barrios. Partidos en los que uno tiene que saber dejarse perder sin que se note si le tienes algo de aprecio a tus dientes. Eran partidos sin árbitros ni reglas. Codazos, patadas voladoras, insultos, coacciones, todo valía si eras del barrio de “los castaños”, el lugar maldito del pueblo.
Eso sí, estos partidos tenían una ventaja: no tener que aguantar a ningún entrenador que sacara a jugar al más inútil del equipo en tu puesto por enchufe. Tú formabas el equipo, tú jugabas siempre, ni que decir tiene.
Los partidos se jugaban en la calle. El campo municipal no se podía tocar, no vaya a ser que se estropeara y, el equipo del pueblo, en la última categoría de aficionados, no pudiera deleitar a sus incondicionales. Así que, había que buscarse la vida. Cada barrio diseñaba a su gusto su propio terreno de juego.
El barrio de los castaños tenía el campo en plena carretera, eso sí, elevada. Los castaños atacaban siempre cuesta abajo, faltaría más. Nivel de peligrosidad en los partidos contra ellos: extremo. Detrás del colegio jugaban los naranjos. Debían su nombre al árbol que había en el centro de la plaza que hacía de terreno de juego. Nivel de peligrosidad: moderado. El equipo de Pasamontes eran los de la pescadería. Su campo era una plaza en forma de media luna situada enfrente de la lonja. Sin duda, el Wembley de los campos de barrio. Nivel de peligrosidad: inexistente. El último equipo era el de la iglesia. El mayor problema que presentaba este campo era el constante tráfico lento que representaban las ancianas feligresas. Nivel de peligrosidad: medio-alto.
La tarde del 5 de mayo era la fecha elegida para disputar lo que los castaños y los de la pescadería habían decidido llamar “la gran final”. Minutos antes habían decidido los premios: varias coca-colas de 2 litros para los ganadores. El campo se había engalanado para la cita. Con tizas pintaron las líneas, y las porterías no serían, en esta ocasión, de la farola a la pared, sino de la farola a la jardinera. Más grandes, más goles.
Pronto Pasamontes y sus amigos comprobaron que esa tarde tocaba perder. Que no quede tobillo sano, dijeron los castaños al empezar. Lo cumplieron a rajatabla. Cuando estaba acabando el partido una de las seguidoras de los visitantes reclamó un gol. “Juro por mi madre que está muerta que el balón ha entrao”, “que ha entrao, coño”, “y a quien se meta con mi madre, le rajo”. Alfredo no se explicaba nada. ¿A qué cuento venía lo de su madre? Antes de faltar a la difunta se hubiera dejado arrancar la lengua. Después de unos segundos en los que nadie respiró, “el trucos”, primo del mítico “motores”, soltó: “el Pasamontes ha llamao puta a tu madre”. “La que se va a liar” pensó para sí Alfredo. Se quedó blanco y casi sin pulso. Dios sabe que ni dijo ni pensó aquello, es más, si esa mujer hubiera estado allí, habría sido capaz de hacerle una reverencia y besarle la mano. No terminó de hablar “el trucos” cuando Alfredo y sus compañeros salieron corriendo de ahí. Con perder las coca-colas ya era bastante.
