Historia de una Ilusión, 11. "El Piquete"
Un relato de los Hnos. Martín Rodríguez-Barbero.
Ramón, el vecino militar de Pasamontes, andaba esos días muy ansioso. Había entrado en el ejército hacía unos pocos meses. Era Semana Santa y en Cartagena era conocida y admirada la marcha militar que al final de cada procesión emocionaba a los cartageneros y visitantes por su marcialidad y sentimiento. Los soldados que formaban la marcha eran conocidos como el piquete.
Ramón que no era consciente del peligro público que suponía dejarle un arma, aunque estuviera descargada, en una calle abarrotada, pensaba que este año sería su primer desfile, ¿sería así?...
El barrio de Vista Alegre en el que vivía nunca había destacado a Ramón por su viveza. Estaba cerca de los treinta, vivía y, seguramente, moriría en casa de sus padres. Del trabajo a casa y de casa al trabajo, tenía encantada a su madre. Nada más cobrar, Ramón le entregaba el sobre. “Yo lo administro mejor”, solía decir para justificarse. “Le doy lo que necesita para sus cosas”, remataba. Las vecinas sentenciaban en la pescadería: “Es muy trabajador, pero muy poco espabilao el pobre”.
A las diez de la mañana del Lunes Santo todos los soldados estaban citados por el almirante en la explanada del Arsenal militar. Estaban convocados para el último ensayo previo a la procesión. Al acabar, el almirante hizo un aparte con Ramón. “Mira, lo he pensado y lo mejor es que salgas en otra ocasión”, “no pasa nada, hombre”. Y Ramón no salió.
El Martes Santo, Alfredo presenció uno de los momentos más curiosos y emotivos de la semana de pasión cartagenera. Se dirigió al Arsenal donde un “trabajador” pedía permiso al almirante jefe para poder salir en la procesión de esa noche. Se trata de Pedro Marina Cartagena, operario de la maestranza del Arsenal. Pedro Marina Cartagena es la imagen de San Pedro, y a pesar de ser un santo, tiene que pedir permiso para salir.
Al día siguiente, Alfredo fue recabando apoyos para una manifestación a favor de algunas de las causas en las que estaba implicado: la vuelta del obispo de Cartagena a la capital de su diócesis, la propia Cartagena, y la reconstrucción de la auténtica Catedral de la diócesis. Pasamontes no era un gran devoto de la Semana Santa. Le reconocía su belleza y encanto, pero le desesperaba que los mismos que habían conseguido convertirla en Interés Turístico Internacional, (ayuntamiento, comunidad autónoma, cofradías) no mostraran el más mínimo interés en tan justos anhelos.
La diócesis de Cartagena es la más antigua del cristianismo en España. La tradición dice que el apóstol Santiago fue su primer obispo. En la actualidad y, desde hace muchos años, su obispo reside en Murcia, al lado del poder político. Por su parte, la Catedral, mal llamada Catedral Antigua, está en ruinas desde que las bombas de la Guerra Civil llovieron del cielo de Cartagena. Y ahí estaba, más de sesenta años después, esperando que alguien se acordara de ella.
Aunque el nuevo intento de Alfredo chocó con la desidia y el desinterés, Pasamontes terminó el día cantando: “Y si hay que sacarte a hombros, yo quiero ser el primero, Virgen de la Caridad, no sabes cuánto te quiero”.
